Rutina

22/05/2026

Por: Carlos Esponda, Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Ilustración: Yusidey Acosta Estrada, Instituto Universitario del Estado de México IUEM.

 

 

No era mi primer cuerpo. Eso fue lo primero que pensé cuando crucé la puerta. No su edad, no la escena, no el silencio. Solo eso: no era el primero. Y, sin embargo, algo en la forma en que la habitación se sostenía me obligó a respirar más lento.

 

—Aquí —dijo mi compañero.

 

La vi en el suelo. Siempre hay un momento en que el entrenamiento se adelanta a la emoción. Buscas señales, posiciones, detalles. Hice lo mismo. Miré las manos, el entorno, el desorden mínimo que hablaba de una discusión más que de una lucha larga.

Pero después vi su rostro. No parecía sorpresa. Tampoco miedo. Parecía alguien que había estado escuchando algo que nosotros no podíamos oír. Tomé nota. Hora aproximada. Posible arma. Distancias.

 

El procedimiento es una lista que te protege. Si escribes, no sientes. Si mides, no imaginas.

 

—¿Celos? —preguntó mi compañero al ver los mensajes abiertos en el teléfono.

 

 

Asentí sin responder. Siempre dicen celos. Celos, alcohol, discusión. Palabras repetidas como si el dolor tuviera un formato estándar. Mientras tomaba fotos, pensé en lo que nunca entra en el informe: quién dijo “te amo” primero, quién intentó calmar al otro, quién creyó que todo iba a detenerse.

 

Extendimos la sábana. Es el momento más silencioso. El más definitivo. Cubrir el rostro convierte a la persona en caso. Antes de hacerlo, miré una última vez. No sé por qué. No debería. No es necesario. Pero algo me hizo pensar que alguien la había amado minutos antes. Que alguien la había tocado con ternura antes de perderse. Que alguien también estaba roto en otra parte.—Listo —dije.

 

 

Y cuando la cubrimos, sentí esa incomodidad que nunca confieso: no el peso del cuerpo, sino el peso de saber que, mañana, habrá otro.